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miércoles, 21 de octubre de 2015

La opinión de Ignacio F. Candela. El sitio de Iglesias lo pone Rivera.

Excelente articulo de Ignacio F. Candela en El Imparcial.
http://www.elimparcial.es/noticia.asp?ref=157183



Leve es el calificativo de hipócrita a quien abraza en el siglo XXI ese credo que Lenin pretendía extender mintiendo, robando y asesinando hasta a la propia madre. Porque así de dementemente taxativo se expresaba, literalmente, quien plantaba las bases de un totalitarismo que sobre la Tierra costó cien millones de muertos. Algo atrayente ha de tener tanto mal para que nuevas generaciones alimenten con odio la elemental inmoralidad de personajes cuyo único beneficio que aportaron para el progreso de la Humanidad fue la desaparición. Afortunadamente, no hay demonio encarnado que sea eterno sobre este orbe pero el relevo lo toman otros capaces de alabar doctrinas muy alejadas de la básica moral como de la dignidad, aunque ya sabemos que semejantes conceptos son propios de los fascismos siendo fascista todo aquel que no piensa como ellos; la facilidad de exclusión es propia de caraduras que camuflan la intención abusiva tras la patraña ideológica de la defensa de los más débiles. Así las cuelan todas como en Venezuela.
A Dios gracias nada es eterno y los causantes del daño se consumen. En algunos casos, la enfermedad irrumpe para que un dictador como Chávez desaparezca, no así la herencia de la desintegración que encarna un neroniano Maduro cada vez más cerca del linchamiento a manos de sus propios correligionarios. Al tiempo.
Pablo Iglesias ya engaña menos siendo público reflejo del cinismo embaucador, de la hipocresía reforzada por el victimismo para imponer perjuicios que terminan arrasando cualquier país capaz de elegir democráticamente a sus verdugos. No hacen falta las armas, aunque se reivindique el derecho a portarlas, bastan las urnas para conseguir el propósito de engañar a un pueblo sometiéndolo a los dictados de ambiciosos proyectos de fracaso aunque luego la gente se muera de asco y de hambre, de ansias por la libertad atropellada con un grupúsculo malicioso de aprovechados que se aglutinan como ratas en torno a un proceso constituyente.
Pablo Iglesias fue el engañador que la coló en España aprovechando la indignación generalizada de los ciudadanos ante un sistema de convivencia política e institucionalmente desgastado. Él generó la expectativa por modificar los estamentos al precio de un programa indeterminado de gancho electoral. Él consiguió denostar a los partidos políticos tradicionales acusándoles de la misma corrupción que presuntamente practica Tania Sánchez y familia, Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón y hasta él mismo con una sabiduría propia del experto del tocomocho que tanto éxito obtuvo en España por la existencia de no pocos incautos en este país donde lo llevan bien gente tan lista como los de Podemos que ahora se muestran sin disfraz en los ayuntamientos. Es bueno que asomen y muestren la patita sin esconder los colmillos de la irracionalidad.
Es óptimo que el líder podemita exhiba su ignorancia. Salvados de Jordi Evolé resultó un práctico rescate para abrir ojos y frenar, a poco que se use la inteligente reflexión, los impulsos destructivos frente a las urnas de las próximas Generales. En el debate con Albert Rivera, Pablo Iglesias mostró hasta que punto la indigencia del conocimiento se esconde tras la cortina rasgada de la apariencia. Y es que segundas partes nunca fueron buenas y menos con los antecedentes que no presagian nada bueno. El único suspense que nos queda con este candidato perfecto respecto a la venta del humo demagógico, es si tocará poder tras la traición de un socialismo que no esconde las vergüenzas aceptando, a estas alturas que deberíamos estar escarmentados, tránsfugas como Lozano.
Insisten sin inmutarse. Los demás son casta pero los latrocinios de ellos Justicia, los tejemanejes propios eran estrategias legales de empresa y hay justificación para todo desviando la atención sobre los trapos sucios que les pringan hasta el tuétano, reivindicando ellos, tan impasibles como ventajistas, acabar con el sistema que nos roba a todos. Como en Cataluña vamos, la misma jeta estilan en Cataluña que en Vallecas o Rivas, o con los ere de Andalucía. Todos juntos unidos por la misma incapacidad por sentir vergüenza.
Mérito poseía el cuentista de la justicia social, el del dardo envenenado contra todo lo que no le aplaudiera al paso de la coleta. Bien podía decirse que desde tiempos del original Pablo Iglesias no había existido un fenómeno engañoso tan aparente como estos reivindicadores de igualdad social tan poco diferentes a la casta política que pretendían desbancar para ponerse ellos. Los de abajo, los más proclives a la picaresca sin disimulo son los que quieren dar el golpe de efecto que los apoltrone rompiendo el candado constitucional. Empeño en la farsa han puesto y siendo los primeros parásitos en advertir tantas ambiciones, no es justo que lleguen otras aspiraciones legítimas a desbancarles de sus tronos públicos.
Porque lo que menos necesitaba Pablo Iglesias para quedar en evidencia era un debate a dos bandas con alguien inteligente, moderado y sabedor del sentido común como es Albert Rivera. Suele suceder con aquellos líderes de pacotilla que necesitan del tráfago social para poner en orden sus caóticas ideas: cuando hay suficiente silencio para ser escuchados se descubre que detrás de las palabras huecas, pronunciadas con afectada impronta de intelectualidad remilgada, solo queda el vacío. Un vacío que está dispuesto a rellenar Pedro Sánchez con tal de llegar a la Moncloa para seguir la labor que mejor se les dio a sus admirados antecesores presidenciales: arrasar la estabilidad del país.


Excelente articulo una vez mas. 
En los tiempos que corren, es un lujo poder leer a personas como Ignacio F. Candela que expresan sus opiniones con total libertad, pese a quien pese y caiga quien caiga, sin plegarse nada mas que a su propia conciencia.

Pablo Iglesias es un "charlatán de feria", un "vendedor de humo" que se ha aprovechado de las miserias humanas. Ya se le ha visto el plumero y va a durar en política lo mismo que el azucarillo que acabo de echar en mi taza de café caliente.

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