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martes, 8 de abril de 2008

ESCRITO POR SINUHE.

Desde Matrixluña con Amor. El gran fracaso. Tanto sacar pecho de las leyes sociales, Z(ETA), ha fracasado en casi todas de ellas. Un ejemplo: Como viven de engañar al electorado (arte que dominan a la perfección), se niegan a reconocer sus fracasos, y así nos va a todos. El 22 de diciembre de 2004, el Pleno del Congreso de Diputados, aprobó, por incomprensible unanimidad, la llamada Ley Orgánica de medidas de protección integral contra la violencia de género. Y, como era de esperar, dado el espíritu y el texto de semejante despropósito jurídico, semántico y hasta gramatical, al cabo de cuatro años se comprueba lo que unos cuantos veíamos venir y anunciamos a los cuatro vientos, en medio de las diatribas de la turba de los políticamente correctos: que la ley con nombre de pan para gilipolluás, no sólo no ha servido para nada, sino que ha sido contraproducente. La realidad es que aunque decenas de miles de caballeros descarriados con tendencia a sacar a paseo la mano, la escopeta, el cuchillo, la soga o la lata de gasolina en el ámbito doméstico han sido encarcelados, y se han dictado otras tantas «ordenes de protección», «alejamientos» y medidas similares a favor de sus esposas, «parejas de hecho», o simples apaños sentimentales -que de todo hay en la viña del Señor-, lo cierto es que las señoras y señoritas siguen cayendo como moscas, víctimas de palizas, navajazos, balazos y otros procedimientos similares para despenar personas, en número creciente y que parece imparable. Los mandamases han colocado a fieles y afines en oficinas públicas y asociaciones privadas de diversa índole, convenientemente dotadas, unas y otras, de fondos presupuestarios repartidos con prodigalidad directamente proporcional al voto que los contubernios respectivos puedan proporcionar a los generosos donantes de dinero ajeno, pero el resultado es innegable, aún para los desahogados especialistas en negar evidencias.Aquí, a ver si nos enteramos de una puñetera vez, una ley de muy dudosa constitucionalidad, que, ante supuestos iguales (violencia, incluso verbal, en el ámbito familiar) castiga al infractor de forma distinta, según su sexo, está condenada al más sonado de los fracasos, como así ha sido. Las hembristas (que las feministas serias son otra cosa-),se han salido, de momento, con la suya, y, envalentonadas por el acojonamiento general ante sus graznidos de odio al varón como tal, han pasado de hablar de esa cursilada de violencia de género (manda úteros), con el estúpido concepto intermedio de violencia machista, a ese calificativo demencial últimamente inventado de terrorismo machista, como si fuera lo mismo amenazar a la barragana con quitarle la tarjeta de crédito a leches, que poner una bomba en un tren y llevarse por delante a doscientos currantes. Basta la simple denuncia de una mujer para que a su partenaire de catre, mesa y habitación lo trinque la pasma, lo metan en una mazmorra, y, cargado de grilletes, lo conduzcan al Juzgado, donde, salvo que lo remedie la suerte o la sagacidad del juez -menos mal-, terminan por hundirlo en la miseria material y moral, desposeído de casa, hijos, dinero y, lo que es peor, de su honor, al ser revestido del sambenito inquisitorial de maltratador, que convierte a quien lo viste en un apestado social. El grave problema de la violencia familiar no se termina con una ley sin pies ni cabeza, meramente represora, pues ni siquiera la cárcel es un freno para quien, como consecuencia de un sistema educativo permisivo y amoral, carece de recursos éticos. Como no tienen dos dedos de frente, otra vez se han equivocado de enemigo: el varón no es el enemigo de la mujer, aunque las resentidas con bigote y quienes les ríen las gracietas crean lo contrario. La lucha no es de sexos, sino de los débiles, los niños, los inocentes, los enfermos, los ancianos, y los necesitados de recursos económicos y culturales, contra el matachín y el explotador de turno, sea cual sea el sexo del violento. Pero como los de la poltrona se niegan a aceptar semejante obviedad, seguirán fracasando. Lo que, sospecho, les importa un bledo.

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